¿Qué es de Irving sin recordar el pasado?
¿Qué es de Irving si no vuelve a lo que fue alguna vez?
¿Qué es de Irving si no vuelve a escuchar lo que escuchó hace muchos años?
¿Qué es de todo aquello si no se recuerda?
Estos días me ha costado mucho admitir que olvido muchas cosas. Que todo aquello que fue la primera vez, que todo aquello que alguna vez fue lo más significativo, se va disolviendo con el tiempo. Es como cuando por primera vez comes una comida que te encantó y que, por un tiempo, atesoras: le guardas todo ese cariño de la primera vez, esa sensación en tu paladar, lo que rodea a la situación, con quién estabas. Y años después, por esa manía que tienes de repetir todo aquello que te gusta, pasan dos cosas: o te ciñes a esa cosa o terminas por integrarla a tu vida, de manera que vives pensando que es algo normal.
En la primera opción me parece que uno termina repitiendo la cosa, experiencia o vivencia una y otra vez, sin cambiar de significado más allá del gusto ya adherido a la experiencia, sin agentes externos ni nada que altere esa experiencia. En la segunda, que es lo que siento que me pasa más, es donde se diluye tanto el significado y la experiencia que se vuelve una cotidianeidad. Como cuando alguien recuerda la primera vez que se levantó tarde después de mucho trabajo y, en ese momento, ese alivio y esa fatiga fueron reparados por un sueño ininterrumpido. Pero, a su vez, reto a cualquiera a recordar la primera vez que eso pasó y que las siguientes sigan teniendo la misma significancia.
Pues eso me pasa, pero con casi todo. No sé si porque lo gasto hasta el hastío o porque vivo tanto en el presente que el pasado poco a poco se vuelve tan difuso que ya no sé qué fue y cómo fue.
Hoy, específicamente, decidí agregar nuevamente a un reproductor una microSD para que contenga encapsulada toda aquella música sencilla de la nostalgia, todo aquello que es, en su mayoría, recuerdos: anisongs, como se dice hoy en día, y todo aquello que viene de una acumulación hasta cierta edad que considero ya unos clásicos del soundtrack de esta vida.
En todas esas canciones surgen cosas que recuerdo vívidamente, como los fandubs de Dualkey, las canciones en español grabadas de la televisión con un micrófono improvisado y demás. Pero, a su vez, me doy cuenta de que he olvidado las sensaciones adheridas a esas canciones.
Y es que últimamente he pensado que, en mi caso, he vivido por adelantado algunas de estas etapas por las que un otaku pasa. Por ejemplo, esa sobreexplotación de la infancia, donde tratas de recordar todo aquello que fue valioso y conmemorativo de ciertas series, de ciertos personajes o melodías. A mi parecer, en la actualidad apenas se está explorando y sobreexplotando, al menos en el ámbito otaku.
Recuerdo con 20 años estar buscando en lugares recónditos de internet las canciones de mis animes favoritos en español latino y en alta calidad, cosa que era muy difícil como consumidor. Buscando las melodías de los videojuegos, como Mega Man, que en Japón eran algo normal de encontrar en discos y en alta calidad y no así en Latinoamérica; los CD Boxes de Saint Seiya y demás OSTs asociados a juegos y series.
Todo aquello está encapsulado en archivos que he conservado a través de los años en múltiples discos duros que, de vez en cuando, aún hojeo para ver muchas fotos, archivos, ejecutables y demás ficheros que me permiten recordar lo que soñaba por aquel entonces. Y así llego a este momento, donde, medio ebrio, aburrido y solitario en mi cuarto, como ha sido en varias etapas de mi vida, ya rozando el cuarto piso, me pregunto qué sueños había detrás de esas canciones. Qué buscaba el Irving de 20 o 23 años detrás de esas canciones.
Y fue así que recordé algo que tenía mucho que no reparaba en explorar.
Las canciones, como los fandubs, recuerdo, eran un acercamiento al anime de una manera un poco más profunda, a mi parecer. Eran canciones hechas por quienes quizá tenían dotes o aspiraciones a cantantes, en la más superficial de las explicaciones, pero el mensaje que prevalecía de aquellas canciones siempre era el trasfondo: homologar la trama y hacer una interpretación literaria de la letra para no deformar la intención.
Y eso, al agregarle el idioma de mi madre, le daba ese sentido de pertenencia que no encontraba en otro lado. Pero, a su vez, encontraba un tipo de apreciación personal en algo artístico que no encontré en ningún lugar, sea por mi aislamiento o por mi imaginario de ser una persona «única y diferente», o quizá incluso por mi incapacidad de aceptar que en verdad hay más personas como yo, con los mismos gustos y con apreciaciones similares.
No lo sé, y ese Irving de ese entonces tampoco lo sabe.
Sin embargo, me encuentro hoy para darle un espacio, una retrospectiva y un lugar a esos pensamientos que ahora, con una nueva perspectiva, digo: son un sentimiento que no he podido compartir con nadie. No en el sentido de que nadie pueda entenderlo, sino en el sentido de sentirme acompañado y compartido en ello. No meramente desde una empatía que se siente lejana y formal, sino desde esa sensación que tiene una persona de decir «esto me gusta» y que la otra persona confirme y complete tus palabras.
Vivir de una nostalgia compartida, a mi parecer, es muy común cuando los referentes son los mismos. Como cualquier mexicano que recuerda las canciones que ponían sus padres hasta el hartazgo, donde esas canciones, en su mayoría de despecho o desamor, pasan a un inconsciente colectivo o a un acuerdo social donde todos las conocen.
Son canciones que aparecen en situaciones de acuerdo social, como las fiestas: canciones de desamor que son clásicas de cualquier fiesta, donde hay un acuerdo que indica que las cantarán y que, si alguien se pone a llorar o se pone en un plan muy depresivo, es normal y aceptado, pues, en cierta forma, eso evoca.
Pero ¿qué pasa cuando esas canciones son de anime?
¿Qué pasa cuando las canciones que escuchaste durante tu infancia o adolescencia para esos sentimientos y esas situaciones están adheridas a otro contexto, a otra sociedad y hasta otro país?
Se genera alguien como yo, que no lo comparte con casi nadie a ese nivel sentimental, y eso me frustra muchas veces. De alguna manera, quisiera ser normal. En las fiestas o borracheras siempre he sido el wey que pone otras canciones y se pone a llorar, o simplemente pongo canciones que para mí tienen un significado que para los demás no y no lo entienden, y siento que me veo raro.
Por eso quisiera ser como los demás.
Siento frustración de haber buscado algo diferente y mío a costa de no compartir con los otros algo común.
Y quizá por eso vuelvo a los fandubs.
Una forma en que las personas de acá de México buscaron, de alguna manera, hacer más asequible el escuchar en tu idioma algo que viene de otro país. Una especie de cover que, a nivel musical, se puede replicar con exactitud, pero que en el mensaje verbal y vocal suele ser difícil de replicar o interpretar.
Es en ello que encontraba una admirable fascinación por esas canciones y que me trae a escribir todo esto.
La nostalgia viene como un centro de esas canciones. Fueron parte de mi infancia, están adheridas a un contexto histórico específico que yo viví y que con mucho cariño atesoro, pero que con el tiempo cada vez se va fundiendo en el olvido.
Pero no así el amor que tengo por muchas de esas canciones.
Incluso es probable que hayan sido olvidadas por la mayoría, incluyendo a sus autores. O peor aún, debido a que en la pandemia muchas personas murieron, me cuesta mucho pensar que estoy conectado con personas que nunca supieron de mí y que ahora su arte vive solo en mi memoria y en las de un puñado de personas en el mundo que aún recuerdan esas canciones hoy, en 2026.
Eso, por una parte, me hace sentir único en el sentido de la unicidad y, por otra, triste, porque es algo que parece ser que, de entre millones, solo pocos tuvimos la oportunidad de disfrutar. Como el platillo que hace la abuela y solo un puñado de familiares tienen la oportunidad de decir: «Esto es tan bueno que el mundo debería conocerlo».
Todo esto para decir: me siento afortunado de haber vivido esa época, de conocer esa música, de sentirme perteneciente a un grupo anónimo de un nicho pequeñísimo que aprecia algo tan pequeño y especial que no se puede transmitir con palabras.
Y quizá eso sea precisamente lo que me preocupa perder cuando olvido.
No solamente las canciones, sino todo aquello que alguna vez estuvo adherido a ellas: lo que fui, lo que buscaba, lo que sentía y la forma en que las escuchaba.
Porque, al final, ¿qué es de Irving sin recordar el pasado?