Seth & Aqua (Checkpoint)

Hace tiempo que no escribo una entrada. No sé cómo comenzar, pero puedo decir que la chispa vino por Deltarune. En un giro que ya no recordaba, hace un año me encontraba jugando al cuarto capítulo; uno que atesoro por haberme acompañado en esos días lluviosos que no hacían más que reflejar mi interior.

Puedo recordar con nitidez el color aqua de mis sábanas, esas que compró ella; el frío diario que congelaba mi cuerpo y mis pensamientos, un estancamiento emocional que no hallaba un causal hacia ningún lado. Mis padres intentaban consolarme con lo que siempre han sabido hacer: “cosas por mí”. Por su parte, Irving aún no podía sostenerse solo; se aferró a una idea y a una disciplina a la que sucumbió, como siempre.

Pero lo que me trae aquí es ese juego, una obra que representa muchísimo. Desde su antecesor, me enseñó una de las lecciones más grandes que he recibido y que cambió por completo el paradigma de mi actuar: estamos tan acostumbrados a la violencia, a eliminar y seguir las reglas impuestas por los videojuegos —así como por un sistema que premia la rapidez de acciones que usualmente dañan a los demás en la vida real—, que ser buena persona se vuelve una tarea increíblemente difícil. Pero cuando conectas con quienes te rodean, sientes empatía y te vinculas emocionalmente, ellos te permiten decidir si los ayudas o si avanzas a su costa. ¿Qué harías tú? Eso requiere determinación.

¡Eso fue lo que me enseñó: determinación!

Determinación para intentar hacer el “bien”. El “mal” es sencillo y no requiere esfuerzo; basta con no mirar al de al lado, mentir, engañar, manipular o ignorar. Pero hacer el bien cuesta más; implica reconocer que no solo existes tú, sino que hay otras personas con sus propias historias y cosas en común. Algo más que simples NPCs.

Eso y más me enseñó aquel título, y con esa expectativa jugué Deltarune; una entrega que lleva ese concepto —y otros más desarrollados a nivel narrativo, visual y auditivo— a otro nivel. Fue en esa época el año pasado, después de mi ruptura, cuando decidí refugiarme en las cosas que tanto me gustaban. Ese juego era una de ellas, una de las pocas novedades que sentía verdaderamente mías. Empezando por la ROG Ally, un pequeño fragmento de lo que soy: un autodenominado gamer, algo que forma parte de mi identidad desde que tengo memoria.

Ese objeto me permite jugar con la movilidad de cualquier celular pero con la potencia de una PC portátil; un sueño que ni el Irving de hace 20 años hubiera podido imaginar. Jugaba acostado en mi cama, con la lluvia afuera y un frío que calaba mis huesos, haciéndome arrepentir mil veces del peso de la decisión tomada; un recordatorio de que había abierto una herida que probablemente nunca sanará.

Fue por esos días que salieron los episodios 3 y 4, si no mal recuerdo. Los jugué sin parar, sin trampas ni guías, de manera obsesiva. Devoraba cada escenario, cada diálogo y la silueta de cada personaje buscando pistas, validando mi propia historia a través de sus palabras y proyectando mi pasado, mi presente y mis deseos en esos pequeños avatares virtuales. Todo eso ocurría durante horas mientras yo permanecía inmóvil, concentrado e inmerso en un mundo digital de historias contadas por un narrador que pretende trollear al espectador.

A un año de eso, aún me siento herido. Una marca que no viene del exterior, sino de mí y de soportar el peso de unas decisiones que a menudo sigo cuestionando. Sin embargo, en los momentos de mayor lucidez, todo cobra sentido y me permite ver el paso del tiempo; por poco que sea, he aprendido cosas. Aunque en muchos aspectos sigo siendo alguien inmaduro, hay otros tantos que veo con claridad y que estoy completamente seguro de que no repetiré.

Bien, pues hace unos días entré a Steam y, como si de un milagro se tratara, descubrí que el quinto capítulo había sido liberado. No lo podía creer: era la secuela. Llegó el momento de desempolvar mi ROG, volver a jugarlo desde cero hasta donde me había quedado y revivir cada momento que el velo del tiempo ya había difuminado.

Manos a la obra. Pensé en actualizar el dispositivo, porque tengo una costumbre desde hace tiempo: siempre que noto que algo necesita “mantenimiento”, comienzo poco a poco a dejar todo “al día”. Con la consola pasó igual: empecé por cargarla, encendió y decidí que debía actualizar el sistema operativo. Una vez hecho eso, tocó reiniciar por completo, actualizar Steam, descargar los parches de mis juegos instalados, cambiar el wallpaper, ajustar la configuración de Armoury Crate, limpiar el bloatware y, finalmente, tener el dispositivo a punto.

Lo mismo me pasa si de manera aleatoria voy al baño y veo mi ropa; empiezo a encadenar misiones secundarias una por una. Tomo las prendas, las paso al cesto, el cesto me avisa que hay que lavar, así que preparo la lavadora. Pero para las playeras estampadas necesito la bolsa de red; voy a buscarla y descubro que hay polvo en el mueble, así que tomo las toallas, limpio un poco y hago un back-chaining. Regreso por la bolsa, meto la ropa y por fin enciendo la lavadora. Así, conforme veo pendientes y me voy encontrando otros, optimizo lo que puedo para dejar el entorno ordenado o lo más cercano a ello.

Volviendo a la ROG, como compré un mando 8BitDo de color morado, me propuse armar el setup completo con la televisión. Tomé el dock de mi hermano, instalé la consola, acomodé el cableado y el control: todo listo para disfrutar la experiencia con la mejor calidad, como nunca lo hubiera soñado.

El juego me llevó por distintos lugares, desde sus pegajosas melodías hasta la triste realidad que vive Ralsei en el mundo de los darkners. Pero no quiero ahondar en la obra de arte que es el juego en sí, sino en el motivo que me trajo aquí.

Hay una sección donde aparece un par de flores antropomorfas (la versión darkner de las flores reales de la florería de Asgore). Antes de entrar a su escenario, tienen un diálogo donde una le dice a la otra que debe cuidar algo delicado, como una pluma. Inmediatamente al encontrarlas, la música te revela su personalidad; además, sus líneas dejan ver una ingenuidad pueril y traviesa, cual niño que solo quiere divertirse pero lleva un cuchillo en la mano. Al instante lo pensé y vengo a confesarlo aquí: si ella estuviera conmigo, le diría: “Mira, esa eres tú”. Ella me preguntaría: “¿Por qué?”, y yo respondería: “Porque es igual a ti, como los personajes que sueles escoger. Capta tu esencia: esa niña que solo busca divertirse, pero que no por eso es menos peligrosa cuando amenaza a desconocidos. Además, es inquieta como tú, tiene ese aire misterioso pero tierno, y una música dinámica y divertida que le va a la perfección… eres tú”.

Pero solo son sueños truncos que me remiten a una realidad ya inexistente; una evocación de otra época, llena de situaciones que atesoro en el corazón y que me niego a abandonar el resto de mi vida. No como un ancla, sino como el recordatorio de algo bello que me pasó, de lo cual estoy orgulloso y que nadie más en el mundo podrá replicar como lo hice yo.

Y minutos después, el remate del chiste de la vida: aparece Seth, la flor morada, de la cual dije “ese soy yo”: una persona nerd, pseudo-intelectual, a la que le gusta leer y aprender. Resulta que es la mejor amiga del otro personaje, y pensé: el juego solo se está burlando de mí. Y yo aquí, jugando al niño nostálgico que ve patrones donde quizá no los hay.

Sin embargo, eso me llevó a hacer un repaso consciente por varias facetas del pasado; un viaje personal donde reviví fotografías, momentos y vivencias, pero ya sin melancolía, sino con una nostalgia suave. Es un ejercicio que, a medida que profundizo, me da bastante miedo porque todo se empieza a ver difuso. Comienzo a olvidar cómo se sentía el día a día, esos instantes en los que me sentí tan vivo; temo que, si no miro las fotos, pueda dar esos hechos por perdidos en el tiempo, y eso me aterra. Quisiera tener memoria fotográfica, aunque sé que no puedo y que, de tenerla, ni siquiera sería sano.

A eso me remito hoy: al hecho de que debo verificar mi auto y pretendo ir al lugar de siempre, un año después. Ya no sé si estoy más sanado de lo que creía o más roto; si mejor o peor, si avancé o me estanqué. No lo sé. Pero sí sé que al mirar el mapa regresó esa sensación de estar haciéndolo todo mal, de haber tomado la peor decisión de mi vida. A la vez, sentí una tranquilidad que me permite decir que sigo aquí de pie, haciéndome responsable de lo que dejé de hacer por más de 30 años, de lo que delegué en otras personas y que ahora me toca sostener por mi cuenta. Con heridas que aún duelen y una visión todavía distorsionada de lo que yo mismo soy y puedo lograr.

Vengo aquí a desahogar un poco de esa nostalgia y de la desesperación que a veces me asalta al pensar que todo terminará como un sueño; que despertaré y todo volverá a ser como antes, aunque no sea así. Si fuera un sueño, lo poco o mucho que he logrado por mí mismo se desvanecería en pos de esas cápsulas que me mantenían, ya no en mi jaula, sino en otra donde al menos tenía compañía.

Me sigue dando vueltas en la cabeza la idea de que continuaré olvidando cosas, tanto malas como buenas. Por eso uso este pequeño espacio —que probablemente nadie lea más que yo en el futuro— como un checkpoint.

A Irving del futuro:

Estos días he estado mejor que los meses anteriores, aunque creo que me está dando burnout. Recuerda cómo se siente: ese estado en el que todo lo que haces a diario es sobreestimularte con música, libros, información, trabajo y tareas de aseo. No lo hagas así.

Recuerda que incluso tomar un baño largo con música relajante logra aminorar esa carga; lee cosas ligeras sobre experiencias ajenas, evita las bebidas con mucha cafeína y duerme bien. Lo dejo por escrito por si lo olvidas.

Por otro lado, es curioso cómo mi inestabilidad emocional me lleva por tantos senderos; es como un roguelike: depende de las cartas con las que amanezcamos, la dirección que tomará la run.

Recuerda que hubo momentos geniales y mágicos con ella que fueron solo para ti, cuya importancia y profundidad jamás lograste transmitir del todo. Se quedaron grabados en tu ser: desde esas frases donde podían comportarse como niños haciendo autorreferencias como si fueran personajes de una historia infantil, hasta los instantes donde las palabras trascendían el tiempo (como un simple “llámame la… “ para denotar orgullo). Canciones que marcaron etapas de la vida y que ahora se convierten en imágenes que me hacen llorar, ya sea de felicidad, melancolía o tristeza. Muchos de esos instantes solo los recordarás a través de fotografías.

A todo esto le has dado vueltas una y otra vez, pero ya no buscas respuestas; buscas no olvidarlo. Lo repasas como planas en una libreta para aprenderlo y memorizarlo, en un afán por perpetuar un idioma que solo tú y otra persona saben hablar, una pintura que solo ustedes podían dibujar.

Es como olvidar la emoción que te causaba ir al concierto de un artista que tanto admirabas y que, al no poder costearlo, se quedaba solo en una ilusión. Es saber que un día fue la última vez que viste anime en la televisión, que un día dejaste de encender el PlayStation y esos mundos quedaron en el olvido, o que ese VHS un día ya no reprodujo la película que tanto te hizo feliz.

En ese vistazo al pasado encuentro algo bello, triste y, a la vez, reconfortante: saber que existió, que fui testigo, que lo viví, que estuve ahí y que nadie podrá decir lo contrario. No queda más que intentar transmitirlo a través de algún medio y esperar un eco en algún lugar o persona, o simplemente dejarlo como recordatorio de algo que, en este preciso momento, me niego a olvidar.

Hoy estoy tranquilo y ya no peleo con mis emociones, pero aún me cuesta identificarlas y, más todavía, evitar que me desborden. Pero, como siempre: un día a la vez.