Cuando presenté el primer cuento, me hicieron observaciones sobre lo abstracto que era, me dijeron que tenía que ser mas concreto, que tenía que describir cosas mas tangibles para la mente humana y curiosamente ese día me pasó algo:
Me tocaba ir al trabajo de forma presencial, un día de esos en que es fastidioso tomar la combi hacia el metro, un trayecto que te chupa la vida, y para colmo tomé el metrobus incorrecto.
Yo tenía que llegar a buenavista y en mi distracción tomé el que se desvía una estación antes para ir hacia tlatelolco, por lo que tuve que bajarme en guerrero y caminar, pero justo antes de llegar al paradero, una puerta en una de los condominios se abrió y frente a mi salió sin recato ni miramientos una chica que vivía ahí y por un instante me pregunté como era su vida, que hacía y a donde iba, lo cual me envolvió en una atmósfera que me llevó a combinar la historia que me imaginé, mi realidad y mi historia original.
Era un día por la mañana. El inclemente sol esperaba al cruzar la salida de aquello que, por años, ha sido su hogar. Con el pelo seco y peinado como todas las mañanas, en un descuido, azotó el portón de la entrada. Salió apresurando el paso como quien vive bajo la sombra del reloj del trabajo y de la vida; esa prisa que se transforma en desesperación a mitad del tráfico. Un par de paradas después, logró reposar su alma en un asiento de plástico gris, avejentado por el uso. Mirando por la ventana, la pesadez de sus pensamientos se arremolinaron en su cabeza.
Pensaba:
Estoy harto.
¿De qué sirve todo esto?
Me levanto todos los días, hago exactamente lo mismo toda la semana para tener unas horas el fin y mi vida no cambia.
¿Acaso he de vivir así el resto de mi vida?
Esas disertaciones comenzaron a darle comezón en la cabeza. Idea tras idea, transitando su cabeza como el transporte a las calles, haciendo paradas tras cada estación, en una recapitulación momentánea en cada una de ellas, hasta quedar atascado en el tráfico. Un vacío donde en el exterior todo sigue avanzando menos él; el vacío que desprovee la esperanza de llegar a tiempo.
¿De llegar?
¿A dónde?
¿Cuál es el destino?
¿Hay destino?
Todas y cada una de esas preguntas abrieron la puerta de esa cabaña en lo profundo de aquel bosque. Una habitación con un techo tan alto que las sombras se pierden, el suelo está hecho sobre tablones largos; algunos firmes como el cemento y otros más endebles que crujen y se ven como las hojas en un árbol moribundo: secas, quebradizas, descoloridas, aferradas a un tronco ya inerte.
Uno de los trozos de madera en la pared, que a gritos pedía un reemplazo, crujía y parecía ceder ante los embates del viento que se colaba entre los árboles. Así de inestable era su motivo para continuar en este viaje que emprendió contra el tiempo, en contra de su voluntad.
Sin embargo, como después de cada tormenta viene la calma, recordó el antídoto para aquel veneno que le corroía el pecho. Lo toma en cucharadas lentas. No es una cura mágica, sino la simple aceptación de que la luz que entra por las grietas es tan real como la oscuridad que habita en las esquinas. Es esa mezcla, ese equilibrio de grises, lo que le devuelve el aire.
Pero el tren de preguntas no para:
¿Cómo lograría encontrar su lugar en el mundo cuando solo sabe que lo único que le pertenece es ese asiento por un pequeño lapso de tiempo?
¿Qué es una persona sin todo aquello que disfruta, como un helado en un día caluroso, un descanso merecido después de un día difícil o incluso de todo aquello que padece y aun así logra sobreponerse tras una enfermedad o la pérdida de un ser querido?
¿Cómo puede conciliar que el guion que busca en su vida dice “héroe”, pero que escrito en la hoja de vida de alguien más aparece descrito como “el villano”?
No tiene ninguna de esas respuestas. Pero conforme las estaciones pasan y el tiempo avanza con dirección a su destino, la memoria, en una de sus virtudes, diluye tras el velo del olvido los colores, las calles, los acompañantes y los rostros detrás de ellos. Así, cada día se convierte en una posibilidad más para creer que al día siguiente el sol saldrá en lugar de temer a la tormenta.
En ese momento, de vuelta súbitamente a la realidad, divisó por la ventana y decidió levantarse. Los pasos, que ahora manifestaban más tranquilidad, se dirigieron a la parte trasera del autobús y sólo se escuchó un “bajan”. La puerta se abrió. Aún faltaban unas cuadras, pero decidió por primera vez que llegaría caminando.