Esta aventura comienza el viernes 21 de noviembre por la tarde, un día soleado como muchos otros del mes. El viento sopla débil; las sombras de los árboles son un alivio ante el inclemente sol que tuesta la piel, pero que a cambio reclama la calidez de mis músculos. Los ánimos no son los mejores y hay mucha incertidumbre: un nerviosismo pasajero que por ratos se convierte en un recordatorio de lo inevitable al día siguiente:
El 6to. Aniversario del Ciber.
El homenaje al gremio tóxico, una conmemoración a la decadencia de la cultura de Internet; un agujero inhóspito repleto de personajes insufribles, raros, cultos, tontos; algunos más ricos y otros no tanto, unos deportistas y otros adictos a las cartas y videojuegos.
Si pudiera describir qué es el Ciber, diría que es un respiro de originalidad en una marea de productos artificiales y prediseñados.
Ampliando lo anterior, lo que significa para mí es otro cantar, pues encierra tantos símbolos y dinámicas que, si bien no son complejas, conforman la esencia de ese tugurio de mala muerte. Un espacio donde encontré un refugio intelectual y, si bien me va, próximamente social. Es la puerta que me da miedo abrir, pero que de lejos observo cómo todo aquel que la cruza se ve contento. Es un espejo de los deseos, un plano que al mirarlo te devuelve la vista y un “Saludos peludos”.
Basta de romantizar una comunidad. El Ciber es eso: una idea más o menos original de un wey pelón en Internet, un grupo con un grado de toxicidad tan aberrante que, si pudiera materializarse, seguro terminaría con el exterminio de la vida en la Tierra; todo transmitido en vivo a través de Twitch.
No existen palabras breves que logren describir lo que es o lo que ahí ocurre, pero el evento que me trae a escribir esto fue el sexto aniversario.
Quién diría que yo formaría parte de algo así; quién imaginaría que esto existía y que yo compraría boletos simplemente para vivir la experiencia al menos dos años consecutivos.
Regresando a la tarde del viernes, me encontraba nervioso, no emocionado… nervioso. Había bastantes cosas rondando mi cabeza ese día: preocupaciones por las tareas pendientes del trabajo, el estado de mi auto —que estaba en el taller y esperaba entregaran a tiempo para tener transporte al día siguiente— y los planes de contingencia para cada imprevisto. Mucho estrés para unas pocas horas; además, todo aderezado con la presión social derivada de haber invitado a mi amiga Tania.
Decidí que todos esos pensamientos, además de innecesarios y redundantes, merecían ser callados con la caminata que doy los viernes hacia el Oxxo en busca de cervezas: un justo premio al trabajo de la semana, un respiro de las carreras de bólidos en mi mente, un amigo con el que mientras más charlas, más te anima o más te amarga.
Esa caminata me lleva algo de tiempo, por lo que siempre la acompaño con música, una contemplación de los infinitos parajes que ahí habitan, opacando el ruido de los autos con sonidos más afines a mis gustos.
Al regresar debía revisar Airbnb, decisión tomada con mi amiga para pasar la noche sin los contratiempos de no tener dónde dejar las cosas, o quedar a la deriva a expensas de un Uber o Didi que decida ser una excelente alternativa no aceptar el viaje, pero esperar que nosotros cancelemos.
Así que me puse a buscar y encontré uno que me pareció la mejor opción: tenía las amenidades necesarias y, curiosamente, por el precio estaba en una zona que conocía como la palma de mi mano, en Bucareli, alcaldía Cuauhtémoc. Todo eso me evocó muchas cosas, momentos de otra vida, un año de ires y venires entre pandemias y la nueva normalidad. Pero, como le dije a mi amiga derivado de su preocupación por desanimarme al revivir muchas cosas que pasé en mi otra vida, citando el texto:
«La verdad te seré franco: cada cosa que hago me recuerda a ella, pero no en el sentido como los videos de “quiero que regrese” o “quiero regresar con ella”… Es más como lo que te dije del cine… Todo esto del Airbnb, gastar el tiempo y el dinero así, lo aprendimos juntos y me remonta a esos momentos, que los tengo grabados en piedra y me llenan de nostalgia y melancolía… Me pregunto muchas cosas, pero pese a eso sé que debo avanzar y debo hacer todo esto… No quiero aislarme y dejar todo en una urna de cristal como un refugio de otros tiempos… Atarme al pasado no me deja más que bonitos recuerdos que incluso son una idealización mía… No me niego a avanzar, pero me niego a olvidar porque incluso de manera egoísta es mi historia y eso, como otras cosas, quiero recordarlas. Esta es una de esas… En vez de enfrascarme en pensar que es una repetición, quiero pensar que es parte de escribir otro tipo de historia, una donde puedo aplicar todo lo aprendido y que se convertirá en un nuevo recuerdo donde hay pequeñas cosas que son iguales, pero que puedo escribir de otra manera, con otro sentido… “Pensar” no crea un nuevo futuro, innova; pero sin la acción ese futuro nunca llega.»
Con esa idea en mente comencé a empacar y, sin pensarlo, me hallé nuevamente repitiendo lo que creo he hecho en los últimos seis años: armando equipaje enorme previendo cualquier escenario. Cambios de ropa, por si las toallas no eran las esperadas, skincare, calzado extra, cargadores, cables y una sarta de accesorios que más reflejaban una mudanza que una visita casual para pernoctar.
Insomnio
Esa noche no pude dormir bien; por ratos me levantaba, un remolino de ideas inconexas y punzantes que no daban paso al descanso, ese temor de que si abría los ojos iba a perder la oportunidad de dormir; esa sensación de levantarse de la cama empapado por las pesadillas febriles de un enfermo en días laborales.
No sé si lo logré, ignoro si dormí mucho o poco, pero ahí me encontraba: al día siguiente levantado a la hora prometida, con la mente adolorida pero con la voluntad decidida a cumplir el itinerario del sábado.
Rehacer la maleta
Decidí con más conciencia que esa maleta debía ser rehecha, reivindicando la intención de sencillez, de dejar atrás la ansiedad por la incertidumbre. Así que solo tomé mi mochila, empaqué lo esencial y, tomando un poco de avena de la cocina, me propuse desayunar.
Preparé café en mi termo para beber durante el trayecto, lo cual me daría shots pequeños pero sostenidos de cafeína para irme incorporando gradualmente a la vida.
Hecho esto, era momento de elegir la ropa para el evento. Estuve muy indeciso entre ir de morado y resaltar o completamente de negro con esas prendas amplias, mi fútil intento de emular el techwear.
Una playera oversize en box fit, pantalones cargo con bolsas a los lados, calcetas altas de Vans, mi calzado que llamo de ninja —pues son como calcetines hechos tenis—, un beanie (últimamente he estado usándolos), una chamarra en blanco y negro, acompañado de un crossbody totalmente oscuro.
Una llamada inesperada
Esperé la combi. Iba a tiempo. El sol comenzaba a arreciar, postrado sobre mi cabeza; me oculté en la esquina de una dulcería, donde inicié el censo de lo básico: el teléfono, la lectura para el camino, las pilas de respaldo y demás accesorios que prevén un día ajetreado de cualquier mexiquense en la ciudad.
Por fin llegó y subí. Ya llevaba varia gente y tuve que irme hasta la parte de atrás. Los asientos eran de color beige, con una cubierta similar a la tela polar desgastada hasta parecer mera franela, bordes blancos y cojines del mismo tono bastante cómodos.
Sin embargo, la molestia llegó por dos frentes. El primero fue que la llanta sobresalía, reduciendo el espacio para los pies de mi lado derecho, a lo cual no le di importancia pues venía un niño al lado que ocupaba poco y tenía suficiente para extenderme. El otro era el sol: el lugar donde me senté tenía un show en primera fila para observarlo y hasta sentirlo.
Cuando llegamos a medio camino y las personas a mi lado bajaron, tomé el extremo opuesto, donde pude disfrutar de un viaje contemplativo como pocas veces puedo; un trayecto donde yo no manejo, pero tampoco voy al trabajo. Puedo observar con total claridad y con los pies tan puestos en lo que tengo enfrente que logro deleitarme con el sopor de los objetos que han estado ahí por años, mirar sus formas, su estética, colores, funciones, diseños, las personas, las dinámicas de la industrialización de toda zona donde hemos pasado, no por ello menos bellas.
A mitad de ruta me marcó mi amiga Liz, en quien últimamente me apoyo mucho para platicar de las cosas más básicas del mundo: desde si ella es la personificación del ser antropomorfo de la serie Shangri-La Frontier, hasta si Cantinflas tiene un punto a favor en el debate que hubo en su momento entre comunistas y capitalistas.
En la llamada no hablamos de nada muy interesante, pero surgieron un par de temas que recuerdo bien y no sé si ella evoque, pero lo escribo para que no caiga en el olvido. La primera es que cuando se cortaba la comunicación, le volvía a marcar y le decía algo como «perdón, es que me dio dengue», dándole un corte ilógico y random al momento; y la otra es que ella tenía que hacer una lista de los lugares a los que quiere ir y, como yo no tengo ese pasatiempo, me invitará y ambos cumplimos objetivos personales.
El preludio
En fin, llegué al punto donde quedé de verme con mi amiga Tania. Sabía que la reconocería de inmediato por esa aura de oscuridad que le caracteriza al vestir siempre full negro.
Nos saludamos y acordamos caminar hacia Reforma para hacer tiempo, pues el check-in era a las 3 de la tarde y aún contábamos al menos con dos horas para pasear, comer o cualquier otro ocio. Nos dirigimos de inmediato hacia la avenida mientras platicamos un poco de todo, aunque creo que la mayor parte de la charla fue sobre lo que ocurre en el Ciber del Sr. Santo durante los streams y la incapacidad de ciertas personas para ubicarse en planos espaciales.
Guía turístico
Al cruzar hacia el Monumento a la Madre, comencé a recitar de manera bíblica lo que hay alrededor: las calles, lo bueno o feo, las razones de conocerlas y poco más. Lo cual me recordó que siempre hago eso: cuando salgo con alguien de fuera o que no está acostumbrado —como yo hace años— a viajar por la superficie de la Ciudad de México, le indico dónde está todo, desde el puesto de tacos que tiene carne chida hasta el sitio tranquilo para beber un buen café.
Calles, comedores, postres, avenidas, casas, negocios, zonas, personas, corredores, edificios; todos guardados en mi memoria, dimensiones que detonan un súbito viaje en el tiempo transportándome a otros «yo» de épocas pasadas, con distintos gustos, otras perspectivas, a veces con gratitud y a veces con vergüenza.
Scary Witches
Ya en Reforma le propuse ir al bar gótico a beber una cerveza para mitigar el calor y unas papas para botanear.
En el lugar la conversación continuó, como suele ser cada ocasión que nos vemos: interminable, de todo y nada, a veces análisis profundos de los patrones que notamos en nosotros y a veces solo de cómo la vida es tan sencilla y nosotros tan pendejos.
Airbnb
Una vez platicado, comido y bebido algo para mantener el cuerpo a flote, decidimos que era hora de hacer el check-in en la estancia rentada. Pero, oh sorpresa, pese a haber previsto que el sendero estaba marcado desde el primer momento en que pagué por ese lugar, en mi mente se desbloquearon un sinfín de recuerdos, vivencias olvidadas tras el velo del tiempo, un cúmulo de sucesos de muchos años atrás que me hicieron evocar calles, aromas, personas y esos días de rutina. Pues camino a la estancia, optamos por andar, cruzando desde Reforma hasta Bucareli: una ruta por demás conocida por el Irving del pasado; un camino tan transitado que nuevamente me vi ahí, nombrando todo lo que veía como un niño pequeño que recuerda sus juguetes favoritos. Calle tras calle, jardín tras jardín, puesto tras puesto, los aromas siguen permanentes, escritos con tinta en mi cabeza.
No sé si era feliz y no lo sabía, o soy más feliz por saber que este día llegaría, donde todo lo aprendido se vuelve sabiduría y nostalgia a la vez; donde trozos de piedra y plantas, en conjunto con el aura de las personas y la arquitectura, automáticamente me envían al pasado y lo veo ahí en su estante de cristal, fresco y vívido. Pero es darle demasiado crédito a mi memoria; solo diré que aquí está y es a través del recuerdo que todo eso sigue vivo y me infunde vitalidad.
Después de dar un recorrido mental y nombrar a mi amiga el sinfín de cosas que pasaron para poder recordar todo eso, llegamos al sitio.
Una estancia a unos metros de donde renté hace años. Todo seguía igual: no había piedra que hubiese cambiado de aspecto ni personas que hayan cambiado de profesión, lo cual lo hizo sentir tan familiar. Pero ahí estaba, atónito frente a una puerta que me vio pasar incontables veces y que nunca imaginé estaría tocando años después para hospedarme.
El guardia nos pidió identificaciones, las envié al dueño, nos dejaron pasar y el resto es una nimiedad donde revisamos el lugar, instalamos nuestras cosas, escogemos habitación y decidimos el siguiente paso.
La hora de la comida
Era momento de comer algo más sustancioso y así lo discutimos: ir en Uber, caminando y qué comeríamos. La decisión, dentro de todo el catálogo disponible, fueron las pizzas de Cibeles de una de mis cadenas favoritas: Cancino. Un lugar agradable al ras de la calle, con una estética pretenciosa de fábrica emulando una fundidora o algo como una cabaña; en otras palabras, «rústico».
Fuimos caminando y al llegar, pensando que no habría tanta gente, oh sorpresa, la había. Hubo que sortear nuevas opciones y la más cercana, por la hora, decidimos que sería comida coreana. Un lugar que frecuento incluso en la actualidad, la fragua de alimentos que no me gustaba, pero que por la compañía y la cotidianeidad se volvió uno de los predilectos.
Frente al desconocimiento de mi amiga por los platillos, pedimos lo mismo: lo que gusta a uno seguro lo haría para dos. Y ahí nos encontrábamos en algo que era cotidiano para mí con otra persona, frente a alguien nuevo, alguien que en ese momento sentí completamente ajeno en un espacio considerado de otra compañía. ¿Pero no son así todas las cosas? ¿Algo que haces con alguien, si te gusta lo repetirás, sin importar si es solo o en compañía de otros?
Finalmente los platos llegaron y en palabras de mi amiga: le gustó. Temió beber mucho soju y llegar medio ebria a la fiesta, por lo que repartimos la bebida entre los dos hasta encontrar su fin.
El aniversario
Con el estómago repleto y el acto principal a unos minutos, decidimos tomar un Uber hacia el evento, aguardando el veneno social que nos esperaba tras una escalera y cuatro muros de piedra.
Así emprendimos el camino hacia el Ciento39 en la Condesa, lugar que me parecía conocido, lo cual confirmé al llegar: era donde anteriormente vi por primera y única vez al comediante Coco Celis.
Dado que habíamos llegado temprano, acordamos dar una vuelta a la cuadra para hacer tiempo, ya que no se veía bullicio aún y no queríamos estar ahí dentro como si hubiéramos llegado a barrer.
Dando la vuelta recordé muchas cosas: desde el extinto Plaza Condesa hasta la vez que fuimos con un amigo a ese bar de fila larguísima por los tragos baratos bajo la lluvia; o esas caminatas con mi hermano a los conciertos, las veces que aguardamos fuera del Yamasan por un ramen que vale la pena, o incluso la estancia que rentó Lili para sus tíos de Monterrey cuando decidieron quedarse en la ciudad (de lo cual recuerdo a la perfección el recorrido, el estado del auto en ese entonces, dónde me estacioné, mi reacción al ver la estancia, el piano, la indumentaria del lugar, la renuencia de ellos a quedarse en algo así, el sitio donde entregaban las llaves y la clave, etc.).
Tras la nostalgia y el small talk con mi amiga, concluimos que era el momento de la verdad. Nos dirigimos a la entrada, la cual no ha cambiado a lo largo de los años: una fachada en forma de arco metálico cubierto de lona, con dos personas esperando a los invitados. Al llegar solicitaron nuestro nombre y mostramos nuestro INE (porque así lo pidió el Santo en Twitch), pero al parecer era mera formalidad, pues quien nos recibió solo preguntó por lo primero y nos dejó pasar.
Ascendimos por las escaleras; luces rojas por doquier. No hacía calor ni frío. El ambiente era de una fiesta que acababa de comenzar; vimos poca gente reunida en sus círculos.
Todos habían tomado ya lugares: unos de pie, las parejas en las mesas altas con bancos; el centro del salón se encontraba despejado, el bar y el baño en el sitio recordado. Nada que recriminar a la memoria.
Como ya somos señores, le sugerí tomar el sofá cercano a la entrada, pues es mejor estar cómodos si esto iba a demorar; así lo hicimos. Nos convertimos en los acaparadores de un sillón rojo de polipiel que lucía como el mueble más cómodo de todo el lugar. Quizá no teníamos la vista más privilegiada, pero el confort compensaba el espectáculo de las retas y la interacción.
En el escenario ya aguardaban los objetos a rifar y una pantalla conectada a un mando de arcade mostraba a un par de personas echando retas de KOF 2002.
Una vez instalados, curiosamente el Sr. Santo se acercó a la banda que estábamos por ahí y, pasando a saludar, me volví a presentar:
—Soy Oniversus, el primer wey que no puso el nombre completo de su acompañante.
—Este pendejo, ¿por qué no mandaste su nombre? ¿A poco no te lo sabes?
—No, la única vez que lo supe fue por una transferencia y de ahí lo saqué.
—No mames, estás bien pendejo, pero qué bueno que pudieron venir, pásenla chido.
En mi cabeza sucedió así; solo mi amiga tendrá una versión que refrende, refute o complemente la anterior.
Los personajes
Y entonces ahí estábamos, inmersos en una celebración que siempre describiré como la fiesta de preparatoria que cualquiera tiene, pero con más presupuesto. Había pantallas en todos lados proyectando las retas del escenario, bancas para la mayoría, una barra para comprar la cerveza que quisieras, un menú con comida que por experiencia sé que es decente y sabe bien, a un precio aceptable para mi economía.
Pero, como le comentaba desde el momento en que nos sentamos, lo interesante no es el Santo, son los personajes que habitan el Ciber, porque él solo es un catalizador de la comunidad; esto es como invitar a tus peores haters a tu cumpleaños.
Recuerdo bien el año pasado, cuando las personas se acercaban en busca de amistad y, gracias a la entrega de diplomas por la «Licenciatura en Ciber» que dieron en la «graduación», empecé a ponerle cara a cada uno de esos nicks que interactúan en el chat; además de confirmar que sus personalidades se ven reflejadas en esa multitud donde la carne les presta un rostro, pero no así a su voz, que se vuelve un avatar gemelo a su identidad.
Retomando la fiesta, estaban ahí los personajes que evoco: La Miau, El Bambino, un wey que se parecía un chingo al Fofo Márquez (ya estaba bien pedo), Juanacatlán, El Búho, Sunshine Riden, entre otros.
Un grupo de personajes, uno cada vez más extraño que el anterior.
Tengo presente cómo le contaba a mi amiga lo que sabía de cada uno, las anécdotas que hay en el Ciber: desde los chismes de vida de Juanacatlán, hasta el ambiente que puso El Chacal el año pasado con El Bambino y El Pípila.
Todos los personajes que encaran el Ciber detrás de un chat, en la vida real, envueltos en el velo de un nick que todos conocen pero que no tiene rostro; solo una máscara que se deduce a través de los comentarios y los gritos exégetas que exclaman cúmulos de materia al unísono de:
—¡Fraude!… ¡Fraude!— durante las rifas.
—Es tu primo.
O incluso el:
—¡¡¡¡¡Apuestaaaaaaa!!!!!— aunque definitivamente no hay ninguna y, si la hubiera, no existe ganancia más allá de la prometida en los videojuegos.
Una de las peripecias más esperadas de mi parte o, como diría Bob Ross, «un accidente feliz», era el ánimo que tenía El Chacal el año pasado, donde al ritmo del reguetón obligó al Santo a quedar paralizado en una silla mientras él le bailaba y se derramaba una cerveza por el pecho desnudo. Pero este año fue algo más infantil e incluso sorpresivo para mí: organizó una «víbora de la mar» al son de la salsa y cumbias que por esos momentos transitaban la playlist; un tipo de conga y batucada dignos de nuestro México Mágico, un baile tan improvisado que cualquiera ajeno al país quedaría perplejo de presenciar.
Como nos gusta ver al santo perder
Algo que me pareció por demás curioso es cómo toda la comunidad tóxica desea ver perder al Santo, en un grito desesperado por invalidar su supremacía intelectual y argumentativa frente a los embates más primitivos de insultos barriales. El Santo, indómito enfrentado a la horda de cavernícolas que somos, ganaba una a una las retas en su contra en Street Fighter II usando a Blanka, donde a cada victoria del oponente todos celebrábamos con júbilo no el triunfo del rival, sino la derrota del objeto de nuestro desprecio.
La cumbia es el género que imperó durante la mayor parte de la velada, un artífice musical que opacaba todo prejuicio que cualquiera hubiese podido tener del aniversario; donde al son de la guaracha sabrosona se disputaban las partidas más reñidas, de las cuales el mayor premio es ganarle al que hace posible todo ese desmadre.
Una de las partes que más disfruté y recordaré por siempre son los premios de las rifas; sobre todo tengo dos momentos inmortalizados en mi mente.
El primero, porque dijo una frase que jamás he escuchado en una rifa y que me enorgullece, pues presta el espacio para algo que no encuentro en otro lugar excepto con amigos muy cercanos o una comunidad tan cerrada y pequeña que tenga una dinámica tóxica como la del Ciber; fue: «Chinguen a su madre… yo ya gané».
Esa expresión, por muy simple, me dejó ver el tipo de grupo al que me encanta —de manera vaga y sencilla— pertenecer. Uno donde los insultos son el pan de cada día, pero no en tono ofensivo, sino irónico y hasta cómico; donde cada agravio va dirigido a un catalizador que no se molesta, que aguanta y los refleja cada que puede y que, en su dictadura, si de plano no le gusta «lo banea».
El otro momento es el de Juanacatlán, quien ganó el premio mayor: unos audífonos WH-1000XM5. El Santo la llamó al escenario y le pidió unas palabras, pero ella, en vez de eso, solo les hizo una señal obscena con las manos a todos los de la «ratiza», para finalizar con su saludo icónico: «Saludos peludos».
El kasarama
El Kasarama, ¿quién es? Uno más del Ciber, uno menos del Ciber… Un wey a quien, incluso antes de lo que voy a contar, lo presentía. Un poblano en bermudas, con tenis, cabello largo amarrado, playera blanca; un tipo delgado que sacaba a bailar a las chicas. Nada fuera de lo normal, pero ¿por qué lo menciono? Porque ocurrió algo muy curioso.
Le advertí a mi amiga que probablemente la sacarían a bailar, por la experiencia del año pasado, y de manera muy casual el Kasarama la invitó, cosa que no se me hizo extraña por el tipo de comunidad que ni se topa ni se ve todo el año. Pero pasó algo inesperado: mientras estábamos sentados, mi amiga mencionó que «aquel» tipo sí sabía bailar, que viera sus pasos y que se movía bien a comparación de otros. Lo interesante no es que él se hubiese fijado en ella o viceversa, sino que después de bailar… mucho tiempo después, se acercó a platicar conmigo:
—¿Qué onda, we?
—¿Qué hay?
—¿Quién eres en el Ciber?
—El Kasarama, ¿y tú?
—El Oniversus.
(Conversamos sobre de dónde veníamos y salió el tema del aniversario anterior).
—Ah, creo que sí me acuerdo de ti, del año pasado, pero venías con otra persona.
—Jajaja, simón, sí te acuerdas.
—Es que había varias parejitas y te recuerdo, pero la morra con la que venías era diferente.
—Justo, y pues ahora sacaste también a bailar a mi amiga este año…
(La conversación continuó).
Esa charla me hizo reflexionar bastante sobre cómo nuestra existencia no pasa desapercibida para todos; el hecho de que a mí se me dificulte recordar rostros y nombres no significa que no haya otras personas con las que he interactuado que me recuerden e incluso asocien detalles de mi persona.
Actualización: Ya le mandé mensaje al Kasarama en el stream diciendo que con quien vaya el año que viene a la fiesta, le saque a bailar para no perder la racha. XDDDD
Mi amiga, después de las últimas retas donde solo quedaba socializar con los pocos sobrevivientes, optó por regresar y así lo hicimos. No hubo nada poético en despedirnos de un tumulto de desconocidos y volver al recinto simbólico de mis memorias.
Al final, como mencioné, el aniversario fue una fiesta de prepa con más presupuesto: un montón de personas embriagándose con lo que pueden, con gustos random, extraños de mezclar pero interesantes de experimentar. Un grupo de exóticos forasteros de internet bebiendo, jugando y conviviendo; unos al Magic en el piso, otros pendientes del escenario y parejas ya establecidas en sus mesas esperando alimentos o bebidas.
El regreso
En el retorno a nuestra estancia, pedimos un Uber; la caminata a esa hora ya no valía la pena y menos con el cansancio encima.
La ciudad resplandecía como todos los días, una urbe que nunca duerme, donde el ruido es patente como el aire, omnipresente en cada rincón y recoveco imaginable; el aroma nauseabundo del desperdicio humano y sus vapores tóxicos emanando de cada coladera.
Una ciudad que me maravilla en su decadencia, en sus contrastes y en la variedad que fascina mi curiosidad.
El camino fue breve, nada que narrar más que un par de líneas de borracho recordando moralejas de otra vida, frases idealistas que reflejan enseñanzas en una empatía improvisada, memorias grabadas en mi hipocampo a base de fallos y reclamos.
Una ventana a la ciudad
Al bajar del Uber, pensé que quizás habría que comprar agua, pues la noche puede generar una sed inmisericorde. De pronto sufrí una vez más un viaje en el tiempo, donde asumí que mi compañía era otra y pedí agua mineral, transportándome a otra dimensión donde también pasé por el recuerdo tortuoso de saber que mi copiloto tampoco gustaba de bebidas gasificadas.
Hecho eso, y dentro del refugio, solo hubo una charla como siempre: universalmente específica sobre el cenit y el nadir, sobre la continuidad de los polos a los puntos donde se unen y divergen. Pero en mi afán de continuar, mi interlocutor, como es costumbre, sucumbió ante una necesidad ajena, a lo cual repliqué con un: «Permaneceré aquí un rato más».
No hay nada más hermoso y a la vez tortuoso que el diálogo que entablo conmigo mismo en la soledad de un lugar desconocido que reclama opiniones inconexas con la realidad, puntos de vista distantes de la percepción aguda que precede a mi conciencia, preguntas tan incómodas como llenas de curiosidad, vocablos vagos que encuentran eco en memorias o refranes citados de latas de atún.
Una reflexión en mi caso suele ir precedida de una pregunta y, en esta ocasión, no se manifestó con palabras, sino con la vivencia como epítome de mi vida: el aquí y ahora preguntando por lo vivido y por lo futuro, sin respuesta y con dudas igual de vagas que las sensaciones que opacaban la agudeza de mi pensamiento en la vigilia.
Finalmente, tras beber el resto de mi agua, comencé el ritual del sueño, pero algo llamó mi atención: la ventana.
En vez de cortinas, había un gran panel de madera comprimida que abarcaba medio muro y era corredizo. Cosa curiosa que ahora supongo es para opacar el ruido exterior o el sol que pueda colarse por una cortina no translúcida.
Me asomé y, por enésima ocasión, fui transportado a otra dimensión, una a la que ya no pertenezco, donde mi personaje pereció y fue sepultado tras repartir sus extremidades en bolsas de basura.
La escena es simple: una ventana, viento ligero, sonidos de tráfico, sirenas a lo lejos, infinidad de luces de rascacielos erigidos entre los barrios, sonidos de animales nocturnos, una mezcla de la pestilencia de las coladeras, paredes húmedas y el sobrio aura de los condominios departamentales hechos por constructoras para la clase media.
Ese cuadro pintó en mi cerebro un pensamiento simple y poderoso: quiero regresar a esto.
Hay quien quizá odie la ciudad, que encuentre en ella todo lo desagradable, detestable, estresante e innecesario; pero ese no soy yo. Soy una «rata» de ciudad; pese a vivir poco tiempo en ella, aprendí a gustar de todo eso que no encuentro en mi origen, y es ahí donde apunta mi deseo y pienso volver.
Tras esa última contemplación nocturna a mi objeto de deseo, me fui a dormir después de repetir los procedimientos mecanizados de higiene personal, con una espiral en mi cabeza que no concebía el descanso hasta resolver todas las incógnitas y que, nuevamente, en un pesar febril logré conciliar para dar un breve respiro a las carreras mentales.
El despertar
El despertar fue la última parte de la travesía, donde el desvelo se convirtió en el despiadado agente encubierto que disparó contra mi cabeza: un dolor punzante provocado por la falta de sueño y deshidratación leve. Juré la noche anterior hacer a un lado mi malestar para vivir y sufrir a conciencia los estragos de la diversión; con esa misma solemnidad me doy cuenta de que es un juramento estúpido e innecesario, pero ahí estaba. La romantización de llevar todo al límite, sobre todo a mí mismo, con tal de cumplir horarios, realizar todo conforme al itinerario y alcanzar una meta por la que nadie me dará un premio.
Una ciudad vacía
Después de que un baño insuflara nuevo aire a mi imagen y ánimos, emprendimos el check-out y nos encontramos con lo esperado: una ciudad desierta. Esa calma que pocas veces se presencia de manera constante aquí; calles despobladas, un aire ligeramente frío que, a falta de una bofetada, despertaba la vigilia de cualquiera.
Caminando, debatíamos qué hacer con el tiempo restante y, pese a haber avanzado unas cuadras, decidimos regresar por unos waffles.
Wafles
Nos dirigimos por unos waffles, pero de nuevo una teletransportación me llevó a esos domingos donde lo único que había alrededor eran negocios cerrados; un mercado que otrora albergara cantidades ingentes de personas, ahora despoblado cual bosque con sus animales hibernando. Frente a mí, una vez más, a unos metros de donde un puesto de quesadillas cual faro dirigiera el horizonte dominical, me sonreían y recordaban: «De aquí eras».
De vuelta en el presente, hizo su aparición el negocio que en época de pandemia, por permiso de la alcaldía (quiero creer), tomó un trozo de la calle permitiendo el consumo fuera: Los Holland Wafels.
Ahí pedí lo que con tiempo fui probando hasta llegar al combo predilecto: un café americano grande y un waffle de tocino con miel de maple; una muestra de nuestro sincretismo mexicano que termina en esa gringada de desayuno.
Mientras esperábamos la orden, charlamos sobre vidas pasadas y patrones de comportamiento, pero creo que la conversación más interesante fue sobre el arte, nuestras perspectivas y referentes en lo poco que conocemos: desde pintores que mezclan técnicas hasta cómo entender el arte en contextos de nuestro mejor dominio: la música.
El regreso a casa
Tras el desayuno y la plática, no hay mucho más que decir salvo la ansiada espera por el regreso a casa, ese cansancio acumulado buscando una catarsis en el dulce abrazo de la muerte chiquita: el sueño.
La despedida fue breve, como suele ser, en la terminal del tren que ve miles de viajeros diarios, culminando con el retorno en transporte público y, como he mencionado, pocas cosas me gustan tanto como eso.
Sé que me repito describiendo esto, pero es una necesidad mía: no quiero olvidar y deseo poder compartir y evocar a quien lo lea.
El viaje de regreso
Un viaje en transporte público que no implique ir al trabajo es de las cosas más placenteras, pues es un trayecto donde yo no conduzco. Por una módica cantidad puedo ir contemplando el paisaje por horas, escuchar música que se convertirá en el soundtrack de ese viaje en particular; si el tiempo lo permite y se ajusta al trayecto, he podido ver ocasos espectaculares acompañados de la melodía más exquisita que mis dispositivos ofrecen.
Este viaje no fue la excepción. Con el sopor que infundía el sol, decidí rendirme a dos placeres adicionales: la lectura y la modorra. La primera por el gusto que he desarrollado en el último año y la segunda de toda la vida, donde disfruto que el sol, de manera paradójica, en vez de elevar mi vigilia como en las mañanas, me abrace y reconforte en su cálido velo, sentado en un sillón a 90 km/h haciendo que mi alma abandone poco a poco mi cuerpo. En ese momento taciturno, mi voz interior se opaca por la narcosis y abandono mi cuerpo de manera involuntaria pero placentera.
Epílogo
Así, al final de la travesía, tras volver a la vida, una sensación extraña me embargó al llegar a casa, bañado y con ropa limpia, como si me hubiese preparado para el trabajo o algún evento formal. A diferencia de ese ejemplo, aquí llegué cansado y con sueño, al que me abandoné horas después para reparar lo irreparable.
Qué más decir que no se haya dicho ya en este recuento. La experiencia dista mucho de la del año pasado, pero reafirmo mi compromiso de acudir a la siguiente, si es que la hay, porque la comunidad es chida. Los personajes parecen sacados de un libro con páginas infinitas donde se toman palabras al azar y se les caracteriza; se toma el folclore mexicano musical y se mezcla en una playlist que nos da esas joyas que pocos tenemos el placer de presenciar más de una vez en la vida.
No puedo finalizar sin agradecer a la vida misma que me permitió hacer todo esto, presenciarlo, disfrutarlo y, de permitirlo, repetirlo.
Y como dice nuestro moto:
¡Puro pinche Ciber ALV